Riccardo

Especialista de marketing en el sector turístico. Italiano de Milán, actualmente vivo en Barcelona. Me gustan el deporte y los viajes.

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Marrakech. Marruecos. Un de los mejores destinos de África. Tierra de colores, sonidos, olores, gustos y sensaciones de fuerte impacto. Un viaje a Marrakech es una experiencia única y diferente para cualquiera. Las primeras horas son las más críticas. El corazón, la mente y los sentidos tienen que aclimatarse, adaptarse a este nuevo ambiente, muy diferente a lo que estamos acostumbrados.

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La primera cosa que uno puede hacer justo al aterrizar el avión, mientras esperas el control de pasaportes, es quitarte el reloj. Un refrán marroquí  cuenta que en Marrakech no existe la hora, existe el tiempo. Así que hay que tomarse con toda la calma del mundo el viaje a Marrakech, sin prisas, adaptándose a los ritmos de la ciudad, regalando el tiempo a los 5 sentidos… de hecho a los 6 sentidos, pues el sentido de la orientación es fundamental en esta ciudad, tanto por su presencia como por su ausencia.

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Los 6 sentidos de tu viaje a Marrakech

OIDO

Son los sonidos de la ciudad que, desde el aterrizaje en Marruecos, te sorprenden. La primera es el continuo “pitar” de coches que se enzarzan en el tráfico de Marrakech; luego está el rumor de las voces hablando en un idioma totalmente desconocido y tan diferente de los que estamos acostumbrados. Pero todo esto no te parecerá nada cuando llegues a la Medina: la flauta de los encantadores de serpientes y los tambores de los Gnaoua, las invitaciones de los vendedores de zumos y de las adivinas, las bocinas de los taxis y el rugido de las motos. Y en algún momento oirás ese canto que comienza lentamente y luego rebota de minarete en minarete: la llamada del muecín al rezo.

encantador de serpientes

A la entrada de los zocos (souk) los sonidos vuelven a cambiar. No parece posible, pero todo se vuelve amortiguado y silencioso. Y aquí es donde realmente te llegas casi a tocar el alma de Marrakech: las invitaciones de los vendedores, el ruido silencioso de los cascos de los burros, el ruido de los cinceles trabajando la madera o el latón, las sartenes que chisporrotean, el sonido delicado de las sedas y otras telas, el maullido de los gatos….

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Y más y diferentes sonidos encontrarás en las estrechas callejuelas de la ciudad vieja, un verdadero crisol de pueblos: árabes, bereberes, europeos, judíos… Marruecos aquí se muestra cómo el país más democrático del mundo: todas las minorías se respetan, todas las religiones son toleradas. Un ejemplo: el alcalde de Marrakech es una mujer.

OLFATO

Marrakech es una ciudad que deleita los sentidos, que se te mete dentro con el aire que respiras y que huele a té de menta, a cueros curtidos, a jazmín, a carne a la parrilla, a especias, a polvo y a azahar.

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Se resistirán en tu nariz los olores fuertes y picantes de la plaza Jemaa el Fna por la noche, cuando, desaparecidos dentistas y barberos, se preparan delicias de todo tipo. Entre las tiendas montadas en pocos minutos, los cocineros y camareros vestidos de blanco y rodeados por el humo de sus parrillas, están listos para secuestrar tu nariz con un abanico de olores tan amplio como nunca habrías podio imaginar. Se come codo a codo con los turistas de todas las nacionalidades, y que habla Inglés, francés, español… Y los clientes, invitados a una sola mesa, se intercambian recomendaciones sobre la mejor comida a probar o sobre qué zonas visitar de Marrakech. Difícil, sin embargo, será, abandonar el lugar, imposible no enamorarse, volver una y otra vez para descubrir cada rincón, desentrañar sus misterios. Ayer “Asamblea de los muertos” (donde se exponían las cabezas de los criminales ejecutados), hoy una obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad. Los sultanes han ido y venido, los edificios se han derrumbado y reconstruido, pero esta plaza sigue allí en su lugar, más viva que nunca.

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Además de las especias, a asombrar el olfato europeo, poco acostumbrado a ciertos olores picantes y “emocionantes”, están las diferentes hierbas, reina de toda la menta. Se utiliza para el té de toques dulces y es útil para proteger las narices de los fuertes olores a guano y cal del Souq Debbaghine, el barrio de los curtidores, donde las pieles de cabra, vaca o camello, se convierten en bolsas o elegantes zapatillas.

GUSTO

Cuscús vegetal, tajine de pollo, sardinas fritas, galletas con miel, kefta, tés de todo tipo, y además cordero, Mechoui alley y caracoles. La cocina marroquí es una de las más ricas y sabrosas que puedes probar. Única recomendación: probarlo todo. Comer en la plaza: hecho. Dejarse seducir por los vendedores ambulantes: hecho. En una sola palabra: Degustar. Marrakech es una ciudad para degustar. Un viaje a Marrakech podría perfectamente convertirse en un viaje gastronómico.

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VISTA

El rojo es el color dominante en todas partes: los grandes muros, las paredes de los riad, las mezquitas, las decoraciones de las puertas, los ovillos de lana recién teñidos y los tejidos de las alfombras. Y del rojo pasas a un crisol de un millar de colores de los productos expuestos en las paradas del zoco o de los zellii que cubre los patios de los palacios, las tumbas Saadi y las paredes de la madraza. Luego está el verde de las palmeras que brotan aquí y allá y el infinito azul del cielo.

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El azul domina también en un jardín fuera de la Medina, el Jardín Majorelle, hogar de Yves Saint Laurent. Azul, blanco y amarillo son los dueños de esta paleta cromática y se unen en una mezcla perfecta a todos los tonos de verde de los ficus, del bambú y de los cactus. Regalados a la ciudad de Marrakech por el compañero de Yves Saint Laurent, son una especie de jardín botánico con caminos sinuosos y fuentes rodeadas de plantas que provienen de todas las regiones de Marruecos. En el centro, la gran casa de la diseñadora es la sede del museo bereber y una boutique, muy cara, pero bien vale la pena la visita.

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Un punto de vista no hay que olvidar visitar en tu viaje a Marrakech son las terrazas que dan al zoco, a la Place, a las azoteas, que permiten ver a los altos minaretes y las cumbres nevadas del Atlas. Siendo estas terrazas lugares muy turísticos, en los que se paga más la vista que la comida, el truco consiste en tomar un descanso y sentarse a tomar un de té con menta solamente, así gozarás de las vistas sin gastar demasiado.

TACTO

¿Cómo no ser encantado por el calor del sol en las terrazas y la fresca sombra en el patio de un riad? El tacto es conquistado por los vestidos tradicionales de seda impalpable y la suavidad de zapatillas típicas marroquíes. Y también de las manos las mujeres, firmes y dinámicas, que pueblan el hammam o aquellas delicadas y elegantes que pintar las hennas.

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Uno no puede, de hecho, dejar Marrakech sin haber experimentado uno de estos momentos de placer. Cada barrio de Marrakech, así como su mezquita y su mercado, tiene su propio hammam, los baños tradicionales de los lugareños, estrictamente divididos entre hombres y mujeres. Para los occidentales, no del todo acostumbrados a ciertas cosas, han sido creadas unas versiones más similares a nuestras Spa. Una experiencia que sin duda no puede faltar en un viaje a Marrakech.

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Y si quieres un tatuaje de henna, no vayas a la Place y dirígete a Rue Dar el-Bacha; por el camino de vez en cuando echa un vistazo en las grandes puertas que se abren en los fondouk, antiguos locales antiguamente usados para almacenar todo tipo de mercancías y busca aquí el Café Henna. Un pequeño bar en una zona tranquila que sirve buena comida y donde encontrarás dos mujeres bereberes que pintan arabescos increíbles. Además los que cobran para ello ayuda al centro cultural donde se imparten cursos gratuitos de Inglés y francés para las mujeres del barrio.

SENTIDO DE LA ORIENTACIÓN

Entrar a la Medina es como viajar en el viaje: callejones laberínticos, llenos de artesanos que producen o venden cualquier tipo de asombrosa mercancía y se apilar en tiendas minúsculas abarrotadas de objetos. Calles llenas de carros tirados por burros a los que poco les importa atropellar todo cuanto se encuentren a su paso. Y en el mismo momento se cruzan sin chocar con motos corriendo a toda velocidad entre las paradas, las tiendas y los transeúntes, únicos testigos, junto con cámaras y teléfonos de los turistas, que confirman que efectivamente si estamos en el siglo XXI. No hay direcciones, no hay mapas detallados, no. Sólo el arte de perderse y volverse a encontrar… de orientarse y de ser capaces de encontrar el souk que se busca: el de las especias, de las alfombras, de las aceitunas, de las zapatillas…

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El souk de Marrakech es entonces exactamente como te lo imaginas: un revoltijo todo lo arriesgado y acertado que cualquier cosa uno se pueda imaginar y además sin ningún precio aparentemente. El precio de un objeto es de hecho una especie de enigma difícil de resolver. Depende del vendedor, del comprador, del momento, que siempre es diferente dependiendo de las circunstancias. El arte de la negociación es parte de la cultura local. Vendedor y comprador se enzarzan en una negociación que puede durar de unos pocos minutos para compras pequeñas, hasta un par de horas para las compras más importantes como, por ejemplo, una alfombra. Al final, si logras un descuento del 40-60% has pagado un precio “bastante” justo. Lo mismo vale para el precio de las carreras en taxi. Nunca tomar los que están estacionando: detiene uno, como en Nueva York, pregunta el precio y empieza a negociar.

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Todo esto y mucho más secuestra a las emociones, los bate, las mezcla y te las devuelve… Un viaje a Marrakech puede ser desagradable para algunos o increíble para otro: todo depende un poco de la química y un poco la apertura mental de uno. El importante es siempre dejarse llevar por los 6 sentidos…


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